Mi marido me acaba de telefonear. Sabe que estoy despierta, trabajando, y supongo que aunque no lo supiera o no me hubiera tocado trabajar en esta inacabable y asfixiante noche de agosto igualmente me hubiera telefoneado, que también sabe tengo el sueño ligero y escaso, huidizo a veces.
Que no viene, de eso se trata, pero le ha costado decirlo, y por eso desconfío. Ha empleado demasiados circunloquios y facilitado demasiadas explicaciones. Excusatio non petita, accusatio manifesta, bien lo sabían ya los sabios latinos.
Y no es que me duela ni me importe, realmente. Son ya tantos años juntos que sabemos bien de qué pie cojea cada uno, que claro está que ambos cojeamos. Lo que me fastidia es que podía hacerlo fácil con cualquier excusa laboral que yo creería por mi propia conveniencia, y en lugar de eso me cuenta una historia tan claramente falsa que no puedo pensar sino que me toma por tonta, lo que no le voy a permitir. Una cosa es representar el papel de esposa consentidora, y otra muy distinta el de estúpida que no se entera de nada.
Así que pasaremos una noche más separados. Últimamente pasamos tantas alejados como juntos. Lo peor es que ya no nos echamos de menos. Puede que incluso nos sintamos mejor así, más relajados.
¿Es un fracaso? Supongo que sí. Lo es desde el momento que nos hemos convertido en aquello que odiábamos, en aquello que juramos no ser jamás.
Y sin embargo, soy la envidia de mis amigas, que o están separadas o mantienen ficciones matrimoniales mucho más deterioradas que la mía, convivencias muchísimo más traumáticas y asfixiantes.
¿Es entonces la infelicidad el estado natural del matrimonio?
Si juzgo por el paisaje alrededor, juraría que sí.